El día que llegue a Santiago era un día de clima templado con un viento que parecía traicionero así que decidí abrigarme en caso algún dichoso virus decidiera atacar mi organismo. Llegue algún día del mes de Agosto, recuerdo baje del avión y lo primero que sentí fue un olor como a lavadora luego del centrifugado, algo fresco pero suave a la vez. Lo único que tenía era una pequeña bolsa de mano y por maleta una mochila vieja, guerrera diría, que me había acompañado casi todo mi ultimo año escolar. Llevaba dinero suficiente como para no morir pero tampoco como para darme la gran vida, acá la situación era distinta y lo descubrí desde que tome mi primera coca cola en el aeropuerto, recuerdo y río ahora cuando pienso que caminando en busca de mi coca cola vi en una especie de stand un duty free, el letrero del duty más parecía propaganda de cigarros a tal punto que me hizo dudar si verdaderamente era la tienda o una publicidad de cigarrillos chilenos. Entre, pedí la bebida, pague, recibí un comprobante y avance luego de darme cuenta y reaccioné sobre el costo de el bendito liquido, por inercia más que por necesidad creo pense -estoy en Chile por fin-, ya calmando mi sed, que era abrumadora a esa altura, y ahora voy por un taxi para ver donde puedo pernoctar.
Salí del aeropuerto y gire la cabeza para ver el gran portal del aeropuerto, Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez leí y me sorprendí cuando sentí que me alcanzaban un folleto ya que quien los repartía por poco y me grita al entregármelo, lo leí sin mucho interés ya que hablaba sobre proyectos del aeropuerto como ampliación de la zona de counters o la construcción de más puertas de llegada y que estos proyectos se concretarían y finalizarían para el bicentenario de Chile que será en el año 2010 y pensé -diablos no pienso quedarme ni 2010 horas acá así que no me tomare el tiempo ni de imaginar tamaña obra- y avance a un taxi, pregunte por un hotel que un tío mío me había recomendado, subí y estaba encaminado a mi primer día de “descanso obligado” en Chile.
Mientras miraba y exploraba con la mirada Santiago , que valgan verdades me parecía muy interesante hasta ese momento, pensaba cual seria el próximo país al que iría luego de ahí, no relacionaba aun muy bien los destinos o el mejor itinerario pero lo que tenia claro era que al Perú no regresaba y menos a mi casa, estaba harto de casa, cansado, aburrido, Trujillo me parecía un pueblo de lo peor, sin sentido y con la misma gente aburrida, gente igual, gente común, estaba harto de eso, lo único que deseaba realmente en ese instante era llegar al hotel, darme una ducha de agua tibia, comprar unos 3 periódicos de allá una revista, un buen libro y ponerme a leer dos días seguidos mientras cuadraba bien mis ideas. Algo así hice, solo que obvie el libro, con los periódicos y la revista en mano me dispuse a leer e intentar relajarme, estaba muy inquieto por lo rápido de los acontecimientos de esos pocos días y de cómo había cambiado de rumbo tan rápido y aun no asimilaba bien la idea de estar tan lejos de “mi tierra” como dicen esos nacionalistas que me parecen de lo peor. De pronto algo distrajo mi atención de manera violenta, promocionaban en la televisión, en un canal local, una especie de tributo a Joaquín Sabina y aunque no cantaría ese día el estaría presente como invitado especial. Agarré el teléfono y pregunte en recepción por el cafebar y si me podían facilitar alguna movilidad porque el evento era ese mismo día, eran casi las 7 de la noche y quería ir a como de lugar a ver a Joaquín y a escuchar su música ya que soy amante declarado de la música de Sabina, me parecía espectacular que existiera un tipo que se levante a la 1 de la tarde con patadas de campeonato al hígado luego de tanto alcohol y seguro con uno que otro “adicional” no tan permitido por la ley directo a escribir esas letras que si no te matan te dejan trastornado y es que si haz escuchado y te haz detenido un momento a analizar lo que el buen Joaquín escribe notaras que es tan mortal como tu o como yo pero tiene ese algo agregado que lo hace pasar de estado natural a estado divino, es como si vieras a tu padre regando el jardín y luego de un momento a otro levitara y regara volando por los aires; eso era Sabina para mi, la transformación de lo normal a lo que siempre admire, a lo distinto.
Paso un largo rato y sonó el teléfono, me avisaban que el taxi que me llevaría al cafebar estaba en puerta esperando así que levante mi casaca, mi billetera la cual guarde en el bolsillo derecho trasero de mi jean gastado, mi cajetilla de cigarrillos Lucky casi intactos, mi encendedor y me enrumbe a mi encuentro con don Joaquín. Baje rápidamente, me despedí del portero que me había caído en gracia, salí raudo del hotel y subí rápidamente al taxi indicándole que vaya rápido porque tenia prisa, le explique de donde era, a que iba al bar, conversamos un rato de la música de Sabina y me comentaba el conductor que el había crecido escuchando a Sabina y muchas canciones le parecían historias propias como si se las hubieran plagiado y me causo algo de gracia esa expresión del chileno tarado, ahora que pienso detenidamente los chilenos son así, súper egocéntrico ese conductor como si a el y solo a el le hubiera pasado algo parecido a lo que decía alguna letra de mi estimado Joaquín, solo me dedique a escuchar algunas de sus palabras porque su conversación me parecía monótona y ya contaba los segundos para llegar al lugar donde me reuniría con la música del grande. En pocos minutos llegamos, pague, baje del taxi y camine hacia la entrada que tenia un letrero muy grande que anunciaba el evento de esa noche y la presencia de el maestro en el mencionado lugar. Luego de eso lo que relato es cosa de locos porque lo que sentí en el momento siguiente es algo de utopía, cuando me acerque a la puerta y pregunte por el precio de las entradas me dijeron que estaban agotadas que la fila que se había formado no era para adquirir boletos sino para el ingreso de personas que ya tenían el boleto comprado. Sentí que el mundo otra vez se propuso joderme y tenía unas ganas de mandar al diablo a todos los de la enorme fila de ingreso que se había conglomerado en la puerta principal del recinto. No lo hice porque temía que me llevaran a alguna delegación policial y encima en chile algún xenofóbico enfermo terminara sacándome la madre y dejándome maltrecho, casi muerto, así que levante la cabeza, enfile la mirada y pensé tomar el primer taxi que pasara y decirle que me lleve al hotel para poder terminar de morir de aburrimiento y decepción por mi travesía fallida pero no, no lo hice porque cuando levante la mirada vi que a pocos metros había otro bar, mas pequeño y mas simple pero se veía claramente que no tenia mucha gente como el Lakadius que era donde se haría el tributo a quien yo había pasado horas de horas escuchando bajo la luz de mi lámpara de cuarto. Decidí ir a tomar un trago a ese bar, tenia por nombre Desanti a lo cual asumí que era un diminutivo o algún corto de De Santiago pero bueno me anime a tomar un trago ahí, entre y me instale en una mesa del fondo del bar justo detrás de la barra principal que tenia por adornos muchos vasos de color amarillo claro y pensé - odio el amarillo claro, y en si cualquier tono de amarillo, odio el amarillo -, con todo y el amarillo claro cogi la carta y pedí un vodka y un cenicero, haciendo la aclaración que no me gustaría que fuera color amarillo claro el cenicero a lo cual el mozo rió nerviosamente pero me miro y asintió.
Luego de empezar con el primer sorbo paso lo mas increíble y espectacular, estaba pensando en como estaría el concierto en el bar aledaño y vi ingresar por la puerta del bar donde estaba a un tipo de talla media con unas gafas de medida y un gorro medio extraño, vestía un jean desgastado como el que llevaba puesto yo y una camisa blanca de líneas negras cruzadas y unos zapatos color gris que lo hacían parecer un loco-bohemio de aquellos. No dude en reconocerlo pero si dude mucho en asimilarlo, Joaquín Sabina había entrado al bar donde me encontraba sentado solo y aburrido y el mundo parecía cambiar de color amarillo claro a color “dios existe”, estaba sentado viendo al mas grande genio compositor cantante alcohólico de la historia y no podía aun creer que estaba solo a 3 metros de distancia. Me propuse acercarme y pedirle que me firme la cajetilla de cigarrillos que tenia porque no llevaba conmigo ningún papel y estaba tan decido que cuando estaba poniéndome de pie me quede pasmado al ver que el, el gran Joaquín, el hombre que había escrito “el joven aprendiz de pintor” con la historia de mi vida, se perfilaba raudo hacia mi mesa y lo único que puedo recordar luego de eso es que se sentó a mi lado y dijo: Chaval quita esa mueca de autogol de tu cara y prende mi porro que nos tomaremos un trago, cogi el encendedor, prendí el bendito humo y el resto fue silencio, si contara todo lo que conversamos luego haría un gran daño a la gente común de las cuales huía tanto en mis años adolescentes, los haría un poco distintos y estoy seguro que eso no es lo que desea el gran Joaquín. Poco recuerdo de mi estancia en el vecino país luego de eso, si tengo muy presente que de regreso en Lima compre un CD y los próximos 26 días seguidos no podía escuchar algo que no sea el joven aprendiz de pintor o los cuentos que yo cuento, LO LEI, LO SOÑE, LO VIVI, LO INVENTE, MI CUENTO DE MOMENTO EMPIEZA BIEN, gracias Joaquín Sabina, gracias.